Las mismas obras
Jesús dijo: "…El que crea en mí hará también lo que yo hago, incluso cosas mayores, porque me voy al Padre" (Juan 14:12, BLP). La mayoría de las versiones de este verso dicen: "…las obras que yo hago, él las hará". Es normal querer que “obras” signifique solo la obra del ministerio, o actuar con la compasión y el amor de Jesús, o cualquier otra cosa que ya hacemos en la iglesia. Pero, si bien Jesús predicó, enseñó, oró y daba limosna en su ministerio, y todo eso cuenta como “obras”, no se nos puede olvidar que Jesús también sanó enfermos, liberó endemoniados y resucitó muertos. Cuando Jesús dijo que el que creyera en él haría sus mismas obras, se refería también a las obras milagrosas.
Aquí entra la teología para ayudarnos a aligerar la incomodidad de ese verso: "Cristo solo decía eso a los discípulos que estaban frente a él", o "Eso solo aplicaba en la era de los apóstoles", o "Eso sigue siendo verdad, pero no tenemos la suficiente fe para recibirlo", o algo más creativo: "Podemos hacer lo mismo que Jesús, pero la mayoría solo lo hace una vez en la vida.” Cada quién decide qué le convence más; hay mejores razones que otras.
Pero la iglesia primitiva no necesitaba justificarse, porque era la viva imagen de lo que dijo Jesús. Creyentes hablando en lenguas, sanando, exorcizando, siendo arrebatados de un lugar a otro como los antiguos profetas (Hechos 8:39), hablando con el Señor en visiones (Hch 9:10) e incluso anunciando juicio de Dios instantáneo (Hch 5:4-5). Jesús tenía razón: los que creían en él hacían sus mismas obras e incluso mayores.
Choque de realidades
Los primeros cristianos le debían su credibilidad a las experiencias sobrenaturales, porque a través de esas experiencias mostraban que su fe venía de arriba, de fuera de ellos, que no era un invento y que producía resultados físicos concretos, tangibles, evidentes, más allá de lo humanamente posible. Era obvio que el Dios de los cristianos existía, porque les respondía.
Cuando el hombre antiguo veía que los primeros cristianos hacían caminar a un parapléjico o le devolvían la vista a un ciego con solo invocar el nombre de Cristo, les quedaba claro que Dios estaba con ellos.
Estas experiencias sobrenaturales les daban fuerza a los primeros cristianos para resistir la oposición del mundo. Si los llevaban a juicio, no se preocupaban, el Espíritu Santo les enseñaba qué decir (Mt. 10:19-20). Si los encarcelaban, Dios podía mandar un ángel que los sacara (Hch 12:6-11). Hasta ser apedreados era poca cosa, porque en el cielo veían a Jesús resucitado (Hch 7:54). Eran experiencias místicas potentes, con trances, sueños y visiones impresionantes que anestesiaban al creyente del dolor. Esa realidad aliviaba la tortura de llevar la cruz.
Debemos entender que los primeros cristianos no se entregaban a Jesús por puro amor, o puro compromiso. Lo daban todo porque Jesús estaba presente en sus vidas con poder.
Lo mismo sucedía con el evangelismo. Pablo aclara: "Ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder" (1 Cor. 2:4), y: "Los gentiles se convencieron por el poder de señales milagrosas y maravillas, y por el poder del Espíritu de Dios" (Rom 15:19). Para la iglesia primitiva no había cristianismo sin señales y prodigios. Los milagros les daban victoria y los sostenían en medio de la tribulación, así como Dios sostuvo a los hebreos en el desierto con el maná, las columnas y el agua que brotaba de la roca. Sin esas experiencias sobrenaturales, la iglesia primitiva no habría crecido ni sobrevivido.
Los Dos Caminos
Si la Biblia es un espejo para la iglesia, el Libro de Hechos muestra un reflejo sumamente incómodo. En la actualidad, las experiencias sobrenaturales auténticas son escasas y, aunque hay historias verdaderas de milagros sucediendo, se trata de eventos tanto aislados como inesperados.
Bajo este contexto sobrenatural tan disminuido, el poder de Dios se ha tenido que redefinir como puramente terapéutico y sentimental. Hay muchas actividades espirituales, pero en el fondo todas procuran el mismo efecto, que es dar alivio emocional y reforzar la historia personal de salvación. Que sepas que Dios te perdonó, que Jesús te ama, que tiene un propósito para ti, etcétera. El cambio es del alma: una renovación interior, tu mente y tu corazón. La presencia de Dios es un sentir, la atmósfera, el ambiente, lo ambiguo, indistinguible. Por otro lado, la sanidad física se trata con extrema timidez. Hablar de prosperidad material o social provoca sospecha. Esperar experiencias sobrenaturales o respuestas evidentes es para gente que no tiene la madurez de ver a Dios en las coincidencias sutiles.
Los que ven esta contradicción entre la promesa de Jesús y la realidad de la iglesia normalmente toman dos caminos: el primero es racionalizar la falta de poder como algo normal, hasta bíblico y bueno. Por ejemplo, el cesacionismo enseña que las manifestaciones milagrosas del Espíritu se acabaron cuando murieron los apóstoles o cuando se completó el Nuevo Testamento. Ese período de poder explosivo fue la infancia de la iglesia, donde Dios, en su infinita gracia, desató experiencias sobrenaturales para respaldar a su pueblo que estaba en pañales. En la actualidad seguimos a cargo de la Gran Comisión, pero Dios confía en que podemos cumplirla sin prodigios y señales. Al final de cuentas, tenemos la Biblia y el nuevo nacimiento es un milagro en sí mismo; el mayor que hay, el único que necesitamos.
El segundo camino es el de la restauración. Aquí se reconoce que, si tenemos el mismo Espíritu, el mismo Jesús, la misma salvación y misión que la iglesia primitiva, necesitamos experimentar las mismas manifestaciones del Espíritu. Pero, para poder ver los milagros, se debe restaurar la santidad. Luego, se debe motivar a los hermanos a recibir el bautismo del Espíritu Santo tal como en el Libro de Hechos. Se debe buscar a Dios con más intensidad y devoción. Y, como la incredulidad es el enemigo por vencer, es importante desarrollar la fe a través de enseñanzas que resalten las promesas bíblicas de autoridad y de poder. Si somos fieles en esas áreas, que llegue un avivamiento es cuestión de tiempo.
El primer camino obliga al cristiano a vivir en un alto grado de disonancia cognitiva. Por un lado, debes creer que sigues a Cristo como los apóstoles, pero al mismo tiempo tienes que relativizar todo lo que dijo Jesús sobre echar fuera demonios, hablar en nuevas lenguas (Mr 16:17) y hacer sus mismas obras. Debes creer que ahora somos maduros, sin poder, solo Biblia, y convencerte de que eso es suficiente.
El camino de la restauración toma más en serio las promesas de Jesús, pero le apuesta a que el poder viene como recompensa de la santidad y la entrega, cuando para la iglesia del Nuevo Testamento era al revés. Jesús primero le dio autoridad a los 70 y después los mandó a predicar el reino (Lucas 10:1-8). Los apóstoles esperaron el poder de lo alto y empezaron la Gran Comisión hasta que lo recibieron. El poder milagroso vino antes del servicio.
Los corintios son el ejemplo más desconcertante: eran carnales y sectarios, envanecidos, toleraban pecados escandalosos, se estafaban y demandaban unos a otros. Pero irónicamente, poseían todo el poder: poder del Espíritu Santo. Pablo les dijo: "porque no les falta ya ningún don espiritual…" y le dedicó varios capítulos de la carta a explicarles cómo usarlos con amor.
Claro, podemos decir que con tanta inmoralidad los dones no servían de mucho, pero el hecho es que esos malos cristianos abundaban en manifestaciones sobrenaturales sin andar batallando. “Don” significa “regalo” y, como tal, los dones espirituales del primer siglo seguían esa lógica: Dios los entregaba desde arriba, sin el esfuerzo del creyente. Y si la santidad, sabiduría o compromiso personal no eran un factor para recibir milagros ¿Por qué creemos que esas mismas cosas nos ayudarán a recuperarlos?
El Exilio
Aprendamos de la historia.
En los tiempos de Jesús, la nación judía estaba dominada por el Imperio romano. El pueblo estaba sometido una vez más a gobernantes extraños, paganos, que no reconocían al Dios de Israel.
En ese contexto surgieron dos caminos: el de la resistencia, y el de la adaptación. Por ejemplo, los zelotes pretendían liberar al país con violencia, mientras que los fariseos pensaban que obedecer estrictamente la Ley salvaría a Israel. Por otro lado, los seguidores del Señor entendían que esas vías no iban a liberar la nación.
Supieron comprender los tiempos: el pueblo escogido había rechazado a su mesías y despreciado el pacto. Santiago el Justo, hermano de Jesús, el que se encargaba de interceder día y noche por la Ciudad Santa, fue martirizado. Se acercaba el tiempo. Jesús lo dijo: caería Jerusalén. No había nada más que hacer.
El ejército de Roma arrasó Israel. Los últimos líderes judíos buscaron el favor de Dios para finalmente echar a los paganos de la tierra prometida. Las facciones pelearon a muerte para quedarse con el templo, pero ya se había ido la presencia. Ni a los esenios les sirvió aislarse, la guerra también los aplastó. La intervención divina nunca llegó.
Puede ser que el cristianismo moderno también se está repartiendo en dos vías que llevan al mismo callejón sin salida.
Quien tenga oídos para oír, que oiga.
En los primeros siglos pulularon los milagros y la iglesia se expandió, asombrando al mundo antiguo a pesar de la oposición. Después, el emperador se convirtió y la persecución cesó. Cayeron los viejos ídolos. Las rodillas se doblaron y las lenguas confesaron que Jesús era Señor. Los perseguidos fueron recompensados. Los mártires fueron honrados; los primeros fueron últimos, los últimos fueron primeros. El orden se invirtió.
Durante más de mil años, confesar a Jesús fue la ley y la base de la civilización.
Pero ahora lo sobrenatural se da a cuentagotas (el simulacro emocional ha tomado su lugar), y la influencia social y política de la iglesia se desmorona. Las naciones de nuestro lado del planeta se deslizan poco a poco hacia un poscristianismo apático. Ante esta situación, el pueblo de Dios debe plantearse una vez más si puede evitar el exilio.